Hay un atardecer,
en una ciudad,
a una hora.
En un campo,
con un color,
entre llanuras.
En un mar,
con un sabor,
entre unas olas.
El Sol se va a dormir
para el resto de los mortales,
pero como siempre,
se queda a verme beber, flotar
y amarla un rato más,
verla brillar
y entre tanto y tanto,
volver a volar.
He vuelto a preguntarme
lo mismo que la primera vez,
joder. ¿Porque se queda?
Ya no sé si es que ella
no me ve vivo
y por eso no se va,
o si me siente inmortal
y por eso se queda.
Sea lo que sea,
atamos atardeceres,
y desatamos nuestras
penas con el brillo
de aquellas 7 de la tarde.
La verdad
es que nunca vemos
la hora de que se vaya,
y esque siempre es de día,
siempre hay luz,
y todo acaba saliendo bien.
Precisamente ayer
se puso un vestido de flores,
y salió a bailar.
Y claro,
esque
hasta eso lo hace bien.
Vivo de apurar
sus últimos rayos contra mi piel.
Hubo un atardecer,
que se desnudó para mi.
Tenía los labios morados
y cuando la besaba
volvían a su color.
Es lo que más cerca he estado
de salvar a alguien,
y es cierto,
nadie quiere que se congele el Sol.
Sé que la miré y olvidé
todo lo que sabía hasta entonces.
Mis analfabetas manos
fueron aprendiendo mientras
palpaban su cuerpo,
como un empezar de 0 en otro lugar,
con otro nombre.
Siempre había pensado en sus ojos
cuando miraba el mar,
o en el mar cuando tenía
delante tus ojos.
Pero ahora,
sentir lo que nace de los dos,
juntos y del mismo color
es como ver disparar balas
mientras soy yo quien sujeta el arma y no saber a quién culpar.
Habrá atardeceres que lleven nuestra ropa a cuestas.
Habrá tantos atardeceres en muchas ciudades,
a demasiadas horas.
No sé qué fue, que ardió Roma entre mis labios
y hasta el agua cambió de color.
Y te prometo cielo
que,
ahora lo entiendo:
nada que exista,
Inmortal o mortal,
se merece tener tú azul de ojos.
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